LA SOLIDARIDAD OBLIGATORIA

La solidaridad obligatoria es como una invitación de boda.


Se llama invitación, pero viene con el número de cuenta en el sobre.


Y es que anoche, antes del Elche-Real Madrid, los jugadores salieron al campo con una camiseta blanca con el mensaje:


«Todos somos caballas».


Una campaña de apoyo a Ceuta.


Vinícius, Mbappé y Konaté también salieron con ella, pero la llevaban enrollada de manera que no se viera el mensaje y se la quitaron antes que el resto.


Y, claro, se montó el lío.


No sabemos por qué lo hicieron.


Puede haber razones políticas, personales, culturales…


o simplemente puede que no quisieran llevar ese mensaje porque no estén de acuerdo.


Y quizá deberíamos poder quedarnos ahí.


Porque una cosa es apoyar una causa y otra estar obligado a demostrar públicamente que la apoyas o a posicionarte.


Algo que, por ejemplo, en el mundo empresarial aceptamos con bastante naturalidad.


A nadie le resulta demasiado extraño que una empresa evite posicionarse sobre un conflicto que pueda afectar a sus intereses.


Pero a una persona sí le exigimos que lo haga.


Si yo decido ponerme una camiseta, estoy diciendo algo.


Pero si alguien decide que tengo que ponérmela, está hablando la camiseta.


No yo.


Hemos convertido algunos gestos públicos en un control de asistencia moral.


Defendemos muchísimo la libertad de expresión cuando está en nuestra línea editorial.


Pero nos cuesta bastante más aceptar que esa misma libertad también permite discrepar.


Y pensar distinto.


Muchos están diciendo que un futbolista representa a un club, que el club participa en una iniciativa y que, por tanto, el jugador debe participar también.


Perfecto.


Pero entonces llamémoslo protocolo.


No solidaridad.


Porque si el gesto es obligatorio, solo demuestra que has cumplido las instrucciones.


Anoche la camiseta llevaba un mensaje que nos parece estupendo.


A mí me lo parece.


Yo la habría llevado encantado.


Pero mañana puede llevar uno que no.


Y ese día descubriremos todos, milagrosamente, el maravilloso valor de la libertad individual.


Porque cuando la solidaridad viene incluida con la equipación…


ya no estamos hablando de solidaridad.


Estamos hablando de compromiso.


Vamos, como las invitaciones de boda.