El precio de cantar

El Supremo ha condenado a José Luis Ábalos a 24 años de prisión.


A Koldo García, a casi 20.


Y a Víctor de Aldama, a cuatro años y medio… pero sin entrar en la cárcel.


Y ahí es donde a mí se me queda cara rara.


Porque entiendo el mensaje.


Lo entiendo perfectamente y en parte lo comparto, si.


Si colaboras, si cantas, si ayudas a tirar del hilo, si señalas a los demás, el sistema te premia.


Es un aviso para navegantes.


Y seguramente es útil.


Porque viendo todas las causas pendientes que tenemos en este país, igual conviene que alguno empiece a cantar antes de que se quede sin repertorio.


Pero claro.


La otra parte es la incómoda, muy incómoda.


Porque si alguien ha delinquido, ha participado, ha cobrado, ha movido dinero, ha estado dentro del barro… cuesta asumir que salga prácticamente de rositas.


Y ahí está el dilema.


Necesitamos que los corruptos hablen.


Pero también necesitamos que los corruptos paguen, por que no olvidemos que Aldama es un delincuente, no conviene obviarlo.


Porque si no, la sensación que le queda al ciudadano es devastadora: aquí el que roba y calla es tonto, pero el que roba y canta hace un buen trato.


Y luego está lo otro.


Lo que ya se escucha en la calle cada vez que sale una condena de estas:


—Da igual. Los van a indultar.


Y eso es lo peor.


No la frase.


La naturalidad con la que la decimos.


Como si ya formara parte del paisaje.


Como si la justicia fuera solo la primera temporada de una serie y luego viniera el capítulo final en el Consejo de Ministros.


Condena, recurso, ruido, desgaste, pacto, indulto.


Y a otra cosa.


Ese es el verdadero veneno.


Que la gente empiece a pensar que la justicia condena, pero el poder termina arreglando la habitación.


Porque cuando un país llega a ese punto, el problema ya no es solo la corrupción.


El problema es la costumbre.


Y la costumbre, en política, es la forma más elegante de la podredumbre.