Noventa minutos

Ayer ganamos a Francia. Estamos en la final del mundial.


Y hay momentos que no se pueden explicar, que solo se sienten, da igual de dónde seas, a quién votes o cómo pienses, que hay días en los que once personas con una camiseta consiguen algo que millones llevamos años sin conseguir.


Que dejemos de preguntarnos qué nos separa y recordemos, aunque solo sea durante noventa minutos, todo lo que nos une.


Es curioso, infantil seguramente, pero necesitamos un balón para abrazarnos con un desconocido.


Un gol para hablar con un vecino con el que nunca habíamos cruzado una palabra.


Una semifinal como la de anoche para llenar balcones de banderas, sin pudor, con orgullo incluso, que mañana volverán a dormir en un cajón.


Y, sin embargo, durante un instante…funciona.


Porque eso es un equipo.


No once jugadores o 26, no.


Es entender que nadie gana solo.


Que el talento sirve de poco si no lo acompañas con sacrificio. Mucho sacrificio.


Que correr por el compañero también es una forma de quererse.


Y , ¿sabes?, por eso nos emociona tanto esta Selección, porque nos recuerda el país que podríamos ser.


Un lugar donde las diferencias no desaparecen, pero dejan de importar cuando el objetivo es el mismo.


Ojalá el domingo ganemos, por supuesto.


Pero, sobre todo, ojalá el lunes no perdamos.


Ojalá no volvamos inmediatamente a los insultos, a las trincheras, a las etiquetas y a esa absurda necesidad de convertir cualquier conversación en un combate.


Porque si once chavales, niños si, pueden entender que el escudo pesa más que el nombre de la espalda…


¿En serio que nosotros no podemos hacerlo igual?


Así que este domingo gritemos, cantemos, abracemos y disfrutemos.


Porque durante noventa minutos no seremos millones de personas.


Seremos un equipo.


Y quién sabe…


Quizá el mayor triunfo no sea levantar una copa.


Quizá sea descubrir que, cuando queremos, todavía sabemos jugar juntos.