Mi teoría conspiranoica
Anoche llegué a casa tarde y en el portal, me encontré una cucaracha.
Pero no una cucaracha cualquiera.
Una de esas que, cuando la ves, piensas:
—Esta paga comunidad.
Nos miramos.
Y debió pensar:
—Hasta aquí hemos llegado.
Y lo curioso es que, en lugar de salir corriendo, se quedó completamente inmóvil.
Como diciendo:
—Si cree que ya estoy muerta, igual no me pisa.
Y me hizo pensar.
En la naturaleza, muchos animales tienen mecanismos de defensa sorprendentes.
Unos cambian de color, otros expulsan tinta y otros se hacen los muertos.
Y entonces me asaltó una teoría conspiranoica:
¿Y si los políticos han desarrollado su propio mecanismo de supervivencia?
¿Y si el ridículo no es un accidente si no una estrategia?
Piénsalo bien.
Cada semana pasa algo tan absurdo que dejamos de hablar de todo lo demás.
Que si el hermano de uno… [AUDIO]
La mujer… [AUDIO]
Un ministro… [AUDIO]
Un expresidente… [AUDIO]
O el otro escribiendo que la selección francesa tiene muy buen equipo, pero no tiene franceses.
Y mientras discutimos sobre la última barbaridad, nadie pregunta por las decisiones importantes.
Empiezo a sospechar que no son tan torpes.
No hay gente tan torpe.
Es imposible encadenar tantas casualidades.
Debe de haber un plan.
Uno dice una barbaridad y otro la supera.
Y la oposición responde con otra todavía mayor.
No importa el partido.
Parece un campeonato nacional de hacer el ridículo.
Así que igual la gran conspiración no consiste en ocultarnos la verdad.
Igual consiste en mantenernos entretenidos haciéndose los tontos.
Porque un ciudadano informado puede resultar incómodo.
Pero uno pendiente del último vídeo viral de un político no molesta demasiado.
O sea, fingen estar atontados igual que la cucaracha fingía estar muerta.
Para sobrevivir.
Yo la pisé, por cierto.
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