Hoy viene a La Tramoya una nueva colaboradora para la próxima temporada.


Y la sección va a ser sobre sexo.


Lo digo y ya me está dando vergüenza.


Porque yo soy muy pudoroso. Mucho.


Soy de esa generación que, si en una película sale una escena un poco picantona, mira al suelo, bebe agua o cambia de canal con la frase “y aquí censuro”, para disfrazar de humor lo que en realidad es pura vergüenza delante de mis hijos.


Y es que en España con el sexo somos rarísimos.


Lo hacemos, lo pensamos, lo buscamos en Google a horas indecentes… pero luego alguien dice “sexualidad” en voz alta, ponemos cara de estar comprando Hemoal en una Farmacia llena de gente.


Y es que durante años aprendimos sexo de tres fuentes muy serias:


el silencio familiar,


Un primo mayor diciendo barbaridades en una boda,


y alguna revista escondida que tenía más valor arqueológico que educativo, por las estalactitas digo. 


Luego llegó internet y pensamos que íbamos a estar mejor informados.


Mentira.


Antes no sabíamos nada pero al menos, éramos prudentes.


Ahora no sabemos nada, pero vamos con una seguridad tremenda.


Hay gente que ha visto tres vídeos, dos hilos de twiter y una entrevista a un terapeuta con camisa de lino y bronceado de bote y ya habla de sexo como si hubiera escrito el prologo del Kama Sutra. 


Y así es imposible.


Porque el sexo real no se parece a las películas.


El sexo real tiene cansancio, confianza, inseguridad, niños que no se duermen, camas que crujen, cervicales y alguien diciendo:


—Espera, que creo que he dejado la lavadora puesta.


Y eso también hay que contarlo.


Sin morbo.


Sin risita de instituto.


Sin ponerse solemne como si estuviéramos narrando un documental de pingüinos.


Hablar de sexo no es hablar solo de cama.


Es hablar de pareja, deseo, comunicación, educación, vergüenza, respeto, límites y de esa cosa tan complicada que es entender al otro sin necesitar un manual de instrucciones del Ikea.


Así que hoy damos la bienvenida a esta sección.


Nos vendrá bien.


A todos, si.


A los que hablan mucho, a los que hablan poco y a los que, como yo, cuando oyen la palabra sexo en la radio, se colocan los papeles, miran al técnico y hacen como que están revisando la escaleta.


Pero lo vamos a hacer.


Con naturalidad.


Con humor.


Y con una experta delante, por supuesto, que siempre tranquiliza.


Porque hablar de sexo sigue dando un poco de vergüenza.


Pero no hablarlo da bastantes más problemas.