HORAS EXTRAS

Nos dijeron que la inteligencia artificial iba a ahorrarnos tiempo.


Y otra vez “emosio engañados”.


Porque cada vez que inventamos algo para tardar menos, aparece la pregunta:


«¿Y qué vas a hacer con el tiempo que te sobra?»


Nada.


Quiero hacer nada, “nada del verbo nadar”.


Esto en términos domésticos es la misma operación que se activa cuando tú tienes un día libre y tu mujer  trabaja.


Que tú piensas:


«Mañana libro».


Pero ella  piensa:


«Perfecto, mañana está disponible».


Y aparecen una compra, una lavadora, un paquete que recoger y siete  «ya que estás…».


A las doce estas pensando:  «con lo tranquilo que estaría yo trabajando».


Pues con la inteligencia artificial va a pasar lo mismo.


Antes tardabas tres horas en hacer algo.


Ahora tardas una.


Y mientras tu piensas: «me he ahorrado dos horas».


Tu jefe piensa: «le caben dos cosas más».


Ahí está la trampa.


Nos prometieron automatizar tareas, resumir documentos, preparar informes, analizar datos, escribir correos.


Maravilloso, eso lo tenemos.


Pero cada minuto que ganamos corre el riesgo de convertirse en otra obligación.


La calculadora no nos libró de calcular.


El correo electrónico no nos libró de escribir.


El móvil no nos dio más libertad: consiguió que parezca sospechoso no contestar en diez minutos, eso si.


Y ahora la IA puede hacer lo mismo con nuestro tiempo.


Si ayer hacías cinco cosas y hoy puedes hacer diez, mañana diez será lo normal.


No serás más productivo.


Tendrás cinco obligaciones nuevas.


Hemos confundido productividad con ocupación.


Y trabajar mejor con trabajar más.


Quizá la inteligencia artificial no venga a quitarnos el trabajo, mira, igual viene a quitarnos el descanso.


Y quizá dentro de unos años haga en cinco minutos lo que hoy hacemos en ocho horas.


Será espectacular.


Hasta que alguien mire el reloj y diga:


«Perfecto.


Entonces te quedan siete horas y cincuenta y cinco minutos».