Yo no he sido
Hay algo que nuestros políticos han conseguido perfeccionar hasta convertirlo prácticamente en un arte.
No reconocer un error.
[AUDIO: «NO VOY A DIMITIR»]
Da igual lo que haya pasado. Da igual las consecuencias. Da igual que las pruebas estén delante de sus narices.
Siempre hay una explicación.
Una circunstancia extraordinaria.
[AUDIO: «INVEROSIMIL»]
Un responsable anterior.
O, directamente, la culpa es de la oposición.
Pero reconocer que se han equivocado bajo ningún concepto.
Es más, puede haber una tragedia con decenas de víctimas y, en medio de todo ese dolor, encontrarnos con declaraciones como esta:
[AUDIO DE ÓSCAR PUENTE]
Por que claro, lo verdaderamente importante es lo mal que lo está pasando el.
Pero cuidado, porque aquí viene lo verdaderamente incómodo.
¿Y tú? ¿Y yo?… ¿Y nosotros?
Porque es muy fácil indignarse delante del televisor.
Pero luego llegamos a casa, nuestra pareja nos dice que hemos hecho algo mal… ¡y montamos una comisión de investigación!
¿Y en el trabajo?
¿Somos capaces de pedir disculpas?, ¿de reconocer un error?, ¿de asumir que no siempre y no en todo tenemos la verdad absoluta?
¿O somos de montar el numerito con golpes de pecho y medallitas de cartón?
Y en las redes sociales ya ni te cuento.
¡Atrévete a llevarle la contraria a alguien!
Que parece que en lugar de cuestionar una opinión te has acordado de toda su familia.
Nos hemos convertido en niños de cinco años.
Bueno, perdón.
Que los niños de cinco años, por lo menos, terminan reconociendo que han roto el jarrón.
Nosotros somos capaces de contratar un abogado para demostrar que el jarrón estaba mal colocado y que la inclinación de la Tierra, en conjunción con el cambio climático y una serie de circunstancias absolutamente imprevisibles, provocaron que el jarrón se deslizara solo hasta el suelo.
¡Y encima denunciamos al fabricante!
Y es que hemos llegado a un punto en el que pedir perdón parece una humillación.
Rectificar, una derrota.
Y reconocer que estábamos equivocados, una muestra de debilidad.
Cuando debería ser exactamente lo contrario.
Porque hace falta mucha más madurez para decir «me he equivocado» que para inventarse veinte excusas.
Además, asumir el error es el primer paso para corregir, aprender y evolucionar.
Fleming descubrió la penicilina después de observar que un moho había contaminado una de sus placas de laboratorio.
De aquel accidente nació uno de los mayores avances de la medicina.
Imaginaos que Fleming hubiera reaccionado como hacemos nosotros.
¡Yo no he sido! ¡La culpa es del laboratorio! ¡A mí nadie me dijo que vigilara las placas!
¡Todavía estaríamos curando las infecciones con manzanilla!
Así que la próxima vez que veamos a un político justificando lo injustificable, quizá deberíamos mirarnos un poquito al espejo.
Porque llevamos toda la vida exigiendo adultos responsables que nos gobiernen.
Personas capaces de reconocer sus errores, rectificar y pedir perdón.
¡Y nosotros somos incapaces de reconocer que hemos metido la pata y nos hemos saltado un stop!!
Igual el problema no es que nuestros políticos se comporten como niños de cinco años.
Igual es que nosotros tampoco hemos terminado de crecer.
Y cuidado, que no estoy diciendo que todos seamos iguales.
¡Faltaría más!
Yo no me equivoco nunca.